Cuando vio removerse el terreno, levantó la pala y golpeó con ellas el suelo, gruñendo al hincarla en la tierra. Dio un puntapié para retirar la tierra levantada. Allí estaban al descubierto los túneles y el topo culpable, muerto.
Anoche entre la hierba me llamó la atención un extraño artilugio, ¡cuidado!, parece una trampa. Es una trampa matatopos, ¿sustituirá ésta a la paciente y ancestral caza del topo rural come verduras?; y es que, estos topos impertinentes y atrevidos, se dedican ahora a destrozar la impoluta, rasurada y siempreverde moqueta de jardines de propietarios adinerados, campos de golf y demás instalaciones deportivas.
De repente, el perro se puso en alerta, agachó la cabeza y pegó la nariz a la tierra abierta. Respirando pesadamente, empezó a escarbar con las patas delanteras, esparciendo la tierra detrás de él.
¡Cázalo, Mick, cázalo! Félix se puso en cuclillas para observar al animal. Le alegró tener algo que le distrajera un momento y poder descansar la espalda, que hacía tanto rato que le dolía. El perro continuó escarbando lleno de excitación.
¿Quieres atraparlo, eh Mick?
Por fin, depositó un topo sobre la tierra.
¡Ya lo tienes! ¡No lo dejes escapar!
El perro lanzó el topo al aire. El animalillo de pelo gris, con sus quince centímetros de largo y sus ciento cincuenta gramos de peso, con sus pezuñas semejantes a unas manos minúsculas, su escasa vista y su agudizado oído, este animalillo, famoso por el tamaño de sus testículos y la extraordinaria cantidad de fluido seminal que puede llegar a producir, pareció por un instante desventurado y solo en el cielo.
¡Rápido, Mick!
De vuelta al suelo, incapaz ya de luchar, el topo empezó a chillar.
¡Cógelo!
El perro se comió el topo.
Una vez en Europa. Jon BERGER
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