Foto: Jon MAESO
La simplicidad y desnudez de la vida del hombre primitivo implica que éste era, al menos, un habitante de la naturaleza. Una vez había repuesto sus fuerzas y calmado su hambre, volvía a contemplar el camino. Habitó este mundo como si fuera una inmensa tienda de campaña, atravesando valles, cruzando planicies o trepando a las cimas de las montañas. Pero he aquí que los hombres se han convertido en las herramientas de sus propias herramientas. El hombre que al sentir hambre arrancaba sin más una fruta se convirtió en agricultor, y el que halló refugio bajo un árbol en propietario de una casa. Ya no acampamos para pasar la noche, sino que nos hemos fijado en la tierra y hemos olvidado el cielo. Hemos aceptado el cristianismo como una forma mejorada de agricultura. Hemos edificado una mansión familiar para este mundo y una tumba familiar para el otro.
WALDEN pág 42, Henry David THOREAU


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